Irak
Pesadilla sin fin
El ex comandante de las tropas norteamericanas en Irak, el general Ricardo Sánchez, manifestó que “un liderazgo incompetente condujo a Estados Unidos a una guerra que se convirtió en un fracaso catastrófico y una pesadilla sin fin”. Sánchez, quien hasta finales de 2004 fue comandante de los soldados de su país apostados en el suelo iraquí, denunció “una evidente y desgraciada muestra de incompetencia estratégica entre nuestros líderes nacionales”. El militar formuló estas declaraciones a un grupo de periodistas en la zona de Arlington, en inmediaciones de Washington. Sin hacer mención del actual presidente George W. Bush, Sánchez definió el constante incremento de uniformados transferidos a Irak, donde se encuentran desplegados unos 160 mil hombres, como “un intento desesperado por parte del gobierno, que no aceptó la realidad política y económica de esta guerra”.

Irak
Brutal insurgencia
Tribus de la mayoría chiita en el sur de Irak combaten ahora a las fuerzas ocupantes, en lo que se consolida como un nuevo frente de un generalizado movimiento de resistencia armada. La insurgencia en el sur ha escalado en los últimos tres meses, lo que ocasionó numerosas bajas entre las tropas de la ocupación, en especial las británicas. En 7 meses, al menos 24 soldados británicos murieron en la región, según el sitio web independiente Irak Coalition Casualties. Desde la invasión de 2003 murieron 128 uniformados británicos y 123 de otras nacionalidades en el sur. Los ataques chiitas contra las fuerzas de la ocupación alientan un creciente sentimiento nacionalista, que, paradójicamente, se vuelca contra Irán, cuyo gobierno profesa esta corriente del Islam. Otra paradoja: el gobierno iraquí es apoyado al mismo tiempo por Estados Unidos y por su enemigo Irán. Las tribus del sur, en muchas de las cuales conviven miembros de la mayoría chiita y de la minoría sunita, se inclinan por la unión de ambas comunidades, sostuvieron los periodistas de la agencia de noticias Inter Press Services (IPS).
“Esto no es venganza”, dijo a IPS en Bagdad un ex oficial del ejército iraquí natural de Kut, 200 kilómetros al sur de la capital. "La gente perdió las esperanzas en que la ocupación que lidera Estados Unidos cumplirá con sus promesas”. “Y muchos quieren ahora salvar al país de la influencia iraní, que ha sido apoyada, o al menos permitida, por las Fuerzas Multinacionales”, agregó. Los comandantes militares británicos y estadounidenses tratan de no referirse a quién apunta contra sus tropas en el sur. Se limitan a denominar “terroristas” a los combatientes, o señalan al Ejército Mehdi liderado por el clérigo chiita Muqtada al-Dadr como la única fuente de disturbios. Es evidente que el Ejército Mehdi realiza ataques contra las fuerzas ocupantes en el sur, pero también se han arraigado otras organizaciones de resistencia. “La población local siempre odió a la ocupación estadounidense y británica, y recuerda que sus abuelos combatieron al Imperio Británico con las armas más rudimentarias”, explicó a IPS Jassim Al-Assadi, quien se desempeña como director de una escuela de Kut. Al-Assadi se refería a la resistencia chiita que tuvo una participación fundamental en la expulsión de las fuerzas británicas de Irak en los años 20 y 30. La resistencia armada a la ocupación en el sur del país tardó en desatarse porque los líderes religiosos recomendaron a sus seguidores darle tiempo para, de esta manera, cumplir sus promesas, sostuvo el educador. “Pero ahora nadie cree más en esas promesas de los clérigos y comenzaron a luchar”, dijo. Las fuerzas de ocupación trabajaron, codo con codo, con los escuadrones de la muerte, según un analista político en Bagdad que pidió a IPS ser identificado como W. Al-Tamimi. “Pero aún esperamos por la reconciliación”, agregó. El jeque de la tribu de Al-Tamimi, en la que conviven chiitas y sunitas, estuvo “bajo fuerte presión de los jóvenes para que les permitiera unirse a la resistencia”, informó.
A fines de agosto pasado 1.200 soldados británicos de los Húsares Reales evacuaron repentinamente la base en la que estaban desde hacía 3 años, luego de recibir fuerte fuego de artillería de combatientes chiitas y sin notificar a las autoridades iraquíes. Dichos saqueadores se apresuraron a ingresar en la base desalojada y se llevaron medio millón de dólares en equipos y otros materiales.
También en agosto pasado, el jeque Faissal Al-Khayoon, jefe de la gran tribu chiita Beni Assad, fue asesinado por escuadrones de la muerte con supuesto apoyo iraní. Según diversas versiones, los asesinos trabajaban para el Ministerio del Interior iraquí en Basora. La tribu de Al-Khayoon reaccionó de inmediato. Salieron a las calles y tomaron oficinas del gobierno, e incluso prendieron fuego al consulado iraní en Basora. Las protestas continuaron hasta que los funcionarios del gobierno iraquí prometió concretar una investigación exhaustiva al respecto. “Esa fue otra mentira que algunos creímos”, afirmó un líder de Beni Assad. “El jeque fue asesinado por colaboradores de Irán y hemos jurado por su alma vengar el fin de su preciosa vida”.
El jeque de la tribu Beni Tamim, Hamid al-Suhail, de 70 años, fue asesinado el 1 de enero en Bagdad por el Ejército Mehdi, que, según esta comunidad, cuenta con el apoyo de Irán. “Lo mataron los escuadrones de la muerte de Mehdi. Lo empujaron desde arriba de un edificio alto. Irán está detrás de todo esto, y mi tribu está bien preparada para enfrentarse con estos vientos amarillos que dividen Irak”, narró a IPS un sobrino de Al-Suhail. Los líderes de estas 2 tribus, entre muchos otros del sur, trabajan por la unidad de sunitas y chiitas.

Irak
¿Quién es el enemigo?
En 2006, surgió una guerra civil religiosa en Irak y se produjo un recrudecimiento del conflicto, mucho más abierto, entre chiitas y sunitas en el mundo árabe. Los regímenes sunitas de Medio Oriente manifestaron creciente ansiedad por la posibilidad de que los choques entre sunitas y chiitas en Irak se propague a sus países, así como por el aumento de la influencia del régimen islámico en Irán en todo el mundo. En este panorama, lo más inquietante de la política exterior del gobierno de Estados Unidos ha sido su incapacidad para identificar al enemigo en el suelo iraquí. ¿Es la red terrorista islámica Al Qaeda? El actual presidente estadounidense George Bush suele afirmarlo, para convencer al público de su país de que debe derrotar al enemigo en Irak para no tener que sufrir sus embates en su propio territorio. ¿Son las milicias sunitas, blanco original de la fracasada guerra contrainsurgente?. ¿O es el Ejército Mahdi del clérigo chiita Moqtada al Sadr, implicado en las matanzas a gran escala de sunitas en Bagdad y que está alineado con Irán en su conflicto con Estados Unidos?, ¿Y qué decir de la Organización Badr, responsabilizada de secuestros masivos, tortura y limpieza étnica de sunitas en los barrios chiitas de la capital iraquí?. ¿Acaso la actividad de Estados Unidos en las zonas de Irak se refiere a la denominada guerra mundial contra el terrorismo, el peligro que surge de los choques religiosos o, simplemente, al deseo del gobierno del presidente Bush de atribuirse un triunfo contra la mera resistencia a la ocupación?. Washington no ha podido dar una respuesta política clara a esta pregunta, expresó Gareth Porter en un comerntario publicado en la agencia de noticias Inter Press Services (IPS).
La fuente original de la confusión gubernamental, sobre el enemigo primario en Irak, es la decisión de vender la guerra contrainsurgente al público estadounidense en 2004 y 2005 como una lucha, entre un estado con los dolores del parto de una democracia y fuerzas antidemocráticas. Este argumento público dejó bajo las sombras la realidad subyacente de una lucha sectaria por el poder, complicada por el deseo de venganza de los partidos chiitas armados contra los sunitas, que dominaron el país durante buena parte de la historia moderna de Irak y el abusivo régimen de Saddam Hussein (1979-2003). Desafortunadamente, la Casa Blanca y el Pentágono parecen haberse convencido con su propia propaganda. El gobierno fue reticente en admitir la evidencia inequívoca de violencia de milicias chiitas contra la población sunita cuando surgieron las primeras señales fuertes en 2005.
El ex primer ministro interino iraquí Iyad Allawi se lamentó públicamente a mediados de aquel año de la falta en Washington de una “visión y política clara” que cortara la espiral de violencia. Este déficit de la política estadounidense fue consecuencia de la prioridad, asignada a la derrota de la resistencia sunita, esfuerzo que requirió una alianza con fuerzas chiitas, participantes en la violencia paramilitar contra los sunitas. Pero en 2005 quedó cada vez más claro que esa alianza era infructuosa, porque la resistencia, más que debilitarse, se fortalecía.
En el segundo semestre de aquel año, el embajador estadounidense en Irak, Zalmay Khalilzad, se convenció de que su país debía aplacar a los sunitas a través de concesiones políticas y no por una derrota militar. Otras influyentes personalidades del gobierno de Bush, incluidos el vicepresidente norteamericano Richard Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, replicaron que dicha resistencia sunita tenía el único objetivo de recuperar el poder y advirtieron que no había acuerdo posible con ella.
Pero Khalilzad logró cierto apoyo de Bush. En enero de 2006, participó en negociaciones directas con grupos armados representativos de la coalición sunita contra la ocupación estadounidense. Funcionarios de Estados Unidos apostados en Bagdad fueron aun más lejos, y caracterizaron a dichos insurgentes como nacionalistas legítimos enfrentados con Al Qaeda. Las negociaciones, nunca admitidas por Washington pero confirmadas al detalle por sunitas participantes, tenían el objetivo de poner fin a la resistencia, a cambio del reconocimiento de intereses políticos básicos de esa comunidad y la integración de sus milicias al nuevo ejército iraquí. Un acuerdo en este sentido hubiera sugerido que el verdadero enemigo eran las fuerzas chiitas alineadas con Irán, en momentos en que el gobierno de Bush presionaba a Irán para que detuviera su programa de desarrollo nuclear con la amenaza de que la “opción militar” seguía en carrera. Los sunitas aseguraron haber propuesto a Khalilzad acabar con las milicias chiitas, en la región de Bagdad, con la ayuda estadounidense. Esta versión adquirió credibilidad con la presión del diplomático para que los políticos chiitas aplacaran a las milicias de esta comunidad a fines de 2005 y principios de 2006. El acuerdo quedó a mitad de camino por la reticencia estadounidense a aceptar el mencionado reclamo sunita de un cronograma flexible hacia una retirada de las tropas extranjeras de Irak y condicionado al fortalecimiento del nuevo ejército nacional. Luego de darle vueltas a la estrategia sunita durante 3 meses, el presidente Bush decidió desecharla en marzo de 2006. Pero desde entonces, la definición del enemigo en Irak quedó en agua de borrajas para Washington. Los milagros del lenguaje permitieron a los militares estadounidenses mantener la guerra contrainsurgente contra la resistencia sunita, al mismo tiempo que apoyaba el argumento de Khalilzad, según el cual el principal problema no eran esas milicias sino Al Qaeda por un lado y los rebeldes chiitas por el otro.
La ola de violencia entre comunidades religiosas comenzó a fines de febrero. La cantidad de víctimas civiles de esos choques en el área de Bagdad aumentó de 1.778 en enero a 3.149 en junio, y de ahí a 3.709 en octubre, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La idea generalizada de que Irak ya se había sumergido en una guerra civil de carácter religioso obligó al gobierno de Bush a hacer algo al respecto. El comando militar estadounidense en Irak sumó 15 mil soldados a sus tropas en la zona de Bagdad para mejorar la seguridad. Mientras el presidente Bush anunció el envío de unos 40 mil soldados adicionales a Irak para 2007. Pero su gobierno no se ha mostrado dispuesto a identificar aún el objetivo contra el que apuntarán.

Irak
Mercenarios latinoamericanos
Al menos 3 mil latinoamericanos trabajan como mercenarios en Irak contratados por las diferentes empresas estadounidenses y británicas para hacer labores militares o de seguridad, según cálculos proporcionados por el Grupo de Trabajo de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre el Uso de Mercenarios. “Perú podría ser uno de los más afectados de la región, porque, en el momento de nuestra visita a este país, supimos que cerca de mil peruanos se encontraban entonces en Irak, subcontratados por empresas privadas de seguridad o militares”, aseguró el actual presidente del grupo de expertos, el español José Luis Gómez del Prado. Afirmó también que en la actualidad uno de cada diez soldados de los que EE.UU. tiene desplegados en Irak están contratados por diversas empresas privadas, que “a menudo violan los derechos humanos del personal que subcontratan” y que contratan a quienes “están dispuestos a cobrar menos dinero, sean de donde sean”. La colombiana Amada Benavides, responsable del grupo de expertos para América Latina y Caribe, explicó que, por lo general, grandes companías multinacionales, “completamente legales”, buscan o crean filiales en países en desarrollo para que recluten personal, “que, sin embargo, firma sus contratos directamente con la empresa matriz, con sede en los Estados Unidos o Gran Bretaña”.
“Los subcontratados quedan completamente desprotegidos, porque no tienen capacidad para reclamar el respeto de sus derechos ante la empresa responsable, ni se sabe muy bien a qué jurisdicción deben dirigirse”, explicó el experto español, quien puso el ejemplo de que muchas veces firman sus contratos en un avión camino de Irak.
Gómez del Prado aseguró que, mientras a un europeo o a un estadounidense se les pagaría cerca de 10 mil dólares al mes, un latinoamericano recibe unos 1 mil dólares (entre 25 y 30 dólares al día). Ambos expertos valoraron que el gobierno de Perú haya sido el país número 29 en ratificar la Convención Internacional de Utilización, Financiación y Entrenamiento de Mercenarios que sanciona con penas de cárcel en el país a los que incurran en estas prácticas. La Convención establece como delito reclutar, utilizar, financiar o entrenar mercenarios y penaliza a las personas que, según la definición de “mercenario”, participan directamente en hostilidades o en un acto concertado de violencia.
Igualmente destacaron que ese país, así como Honduras y Ecuador han empezado a adoptar medidas para combatir un nuevo problema que también afecta a Chile, Colombia y El Salvador.